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Por Esteban Galindo.

Después del último personaje histórico que presentamos, Papa Luna, sólo queda uno para identificar los más ilustres de los asistentes a la boda del rey Martín con Margarita de Prades que se celebró en Bellesguard en septiembre de 1409. Se trata del dominico Vicente Ferrer, quizás uno de los valencianos más relevantes de su historia. Nació en Valencia en 1350, dentro de una familia acomodada que le procuró una buena formación, especialmente en teología, primero en Barcelona y luego en Toulouse. Gracias a su oratoria y su tenacidad, desarrolló un gran proyecto. Su propósito era salvar al mundo del pecado, purificar la vida cristiana, extirpar la herejía y la conversión de los infieles, misión que le llevó a dedicar prácticamente toda su vida a la predicación por Europa.

Se destaca que lo hizo en su lengua, en catalán, y que gracias a su capacidad de comunicación y el hecho de usar un lenguaje popular y comprensible, logró un éxito rotundo, posiblemente uno de los fenómenos de predicación más importantes de la historia de la cristiandad. Era tanto impresionado el número de devotos que lo seguían y el fervor que despertaba, que durante sus discursos para enderezar la conducta cristiana para salvarla del desastre final, el pueblo creía ver batir las alas del Ángel del Apocalipsis, como el propio Vicente se denominaba a sí mismo, representado de esta manera en el grabados de los siglos XVII y XVIII.

Todo este fervor popular debe entenderse en un contexto social, político y religioso complejo, de cambio y transformación de la Edad Media hacia la Edad Moderna, insertado en una crisis económica y demográfica considerable, motivado por la peste negra y el clima de guerras continuas dentro de la llamada Guerra de los cien años, que afectó prácticamente a toda Europa. En cuanto a los infieles, él respetó su condición diferente, especialmente los judíos. No les exigía la conversión, pero sí que les obligaba a sentir sus sermones para convencer-los, otorgándole la frase «no se debe matar a los infieles con la espada, sino con la palabra» .

Su fama e influencia le llevó a ser reclamado por el Papa Luna, quien le designó consejero y confesor personal. De hecho, Vicente Ferrer fue un tenaz defensor de Benedicto XIII durante el Cisma de Occidente, hasta que finalmente éste fue declarado hereje. También los monarcas le confesaban admiración, especialmente el rey Martín el Humano. Al enterarse a inicios de 1409 que se encontraba en Girona, le envió una carta para encontrarse con él. A mediados de junio de este año el maestro Vicente entraba en Barcelona y ese mismo día el Humano asistió a su sermón en Sant Andreu del Palomar. Fueron el maestro Vicente junto con Pere de Torrelles, los encargados de llevar la grata noticia al rey, quien ya se encontraba residiendo en Bellesguard, de la victoria de Martín el Joven en Cerdeña, así como un poco más tarde de su trágica muerte . En Barcelona era tal la expectación que generaban sus discursos que mucha gente pasaba la noche al raso para disfrutar de los mejores sitios al día siguiente.

En una carta de Martín a Pere de Torrelles, fecha de julio de 1409, el rey le cuenta que se encontraba en Bellesguard, con el maestro Vicente Ferrer, quien le aconsejaba en la elección de la que debía ser su nueva esposa y la boda . También a partir de una carta de Margarita, sabemos que el 23 de septiembre de 1409, en Bellesguard, la reina escuchaba el sermón del maestro Vicente durante la misa.

Su prestigio civil y eclesiástico le llevó a actuar como árbitro en los asuntos más complicados del momento, tanto en el Cisma de Occidente como en el Compromiso de Caspe, donde él decantó la elección hacia Fernando de Antequera.

En abril de 1419, moría Vicente Ferrer en la población francesa de Vannes, lugar donde se encontraba predicando en la edad de sesenta y nueve años. Sólo treinta y cinco años después, otro Papa valenciano, Calixto III, le canonizó.

Joan de Gualbes
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