septiembre 3, 2026

Antes de convertirse en una calle asfaltada, Bellesguard era un camino de tierra que se extendía junto a un torrente y conducía hacia las fuentes de la montaña y de la propia finca, cuando todavía era una ruina. En las primeras fotografías de la zona vemos a algunos de los caminantes que lo recorrían, como la que mostramos en la cabecera de nuestro artículo. Ahora bien, estas figuras humanas no siempre fueron tranquilos paseantes…
El pasado viernes ya hicimos un «spoiler» del artículo de hoy: tras una etapa de esplendor, sin más conflictos que algún pleito por el derecho al agua, a partir del siglo XVII la abundancia de este elemento se convertiría en una maldición para los habitantes y edificios de la zona, incluido Bellesguard…
La fuente teñida de sangre
En efecto, a partir de la guerra de los Treinta Años (1618-1648) y la guerra de los Segadores (1640-1652), Cataluña, tierra fronteriza entre España y Francia, sufrió una sucesión de conflictos cada vez más graves. Barcelona, como ciudad principal, sería escenario repetido de los enfrentamientos. Bellesguard, al igual que toda la falda de Collserola, ofrecía una excelente visión estratégica de la llanura de la ciudad y un terreno rebosante de agua. Lógicamente, la línea de trincheras y campamentos de los ejércitos invasores se extendía a su alrededor, transformándolo a menudo en campo de batalla (1). De este modo, la presencia de agua, como ya anticipábamos, se convirtió en una maldición.
En un documento notarial fechado el 17 de mayo de 1662, la torre de Bellesguard es descrita como «enteramente derruida e inhabitable a causa de los estragos de la guerra, con todos los edificios, viñas, campos, huertos, bosques, tierras y posesiones, cultivadas y yermas, próximas y lejanas de dicha torre» (2). Seguramente, la destrucción tuvo lugar alrededor del final de la guerra de los Segadores, diez años antes. Ahora bien, el protagonista de este documento notarial estaba a punto de cambiar el destino de Bellesguard o, al menos, de intentarlo…
La fuente renacida
Afortunadamente, antes del asedio de 1714, una familia de renombre de Barcelona era propietaria de la finca y su último miembro, Joan de Gualbes i Copons, heredaría la propiedad «enteramente derruida e inhabitable», pero la reconstruiría, convirtiéndola en una casa señorial rodeada de nuevo por un espléndido jardín. En aquel renovado parnaso acogió a la Academia de los Desconfiados, refugio de nobles unidos por su erudición clásica y su espíritu antiborbónico. Desgraciadamente, aquel renacimiento duró poco. Tras la caída de Barcelona en manos de los Borbones en aquel fatídico 1714, la finca se sumiría en un nuevo estado de abandono…
La fuente de la nostalgia
Sin embargo, el gusto del romanticismo por las ruinas convirtió Bellesguard en un lugar pintoresco que atrajo tanto a dibujantes como a fotógrafos. Por primera vez, gracias a ellos, disponemos de una imagen de Bellesguard, aunque solo sea de sus restos (3). Por otra parte, el interés por los escenarios de las glorias del pasado de Cataluña hizo que el nombre de Bellesguard no cayera en el olvido. En 1845, Pascual Madoz, en su popular diccionario, menciona el «palacio o sitio real» como un «paraje ameno y delicioso». En 1883, Jacint Verdaguer, el gran poeta y amigo de Gaudí, publica su Oda a Barcelona y escribe: «De Bellesguard le quedan perfumes». Además, dos nuevas costumbres atraerían a los barceloneses hasta este lugar…
La fuente de la fiesta
La creciente afición por el excursionismo y la costumbre de las llamadas fontadas pusieron de moda los alrededores de la ciudad. Entonces, en lugar de soldados, los nuevos «invasores» serían los caminantes en su día festivo. La excusa de la fuente y su paisaje circundante permitía pasar un rato fuera de la ciudad y disponer de un punto de encuentro social. Cerca del sonido hipnótico del manantial, después de la merienda, los adultos conversaban, los niños jugaban y algunos improvisaban un baile. Antes de regresar, a menudo se llenaban las garrafas.
En 1946, Josep Maria Riutort escribió un libro nostálgico que se ha convertido en la obra de referencia sobre las fuentes y fontadas de Barcelona. Al hablar de la de Bellesguard, dice:
«Saliendo de la plaza de la Bonanova por el camino lindante con la Iglesia, en ocho minutos se llega a Bell Esguart (que es como se escribía en tiempos del rey Martín), que fue sitio real, donde moraban los Reyes de la Casa de Aragón y donde vivió algún tiempo el Antipapa Luna. En dicha mansión había una fuente a la que se permitía a mediados del siglo el acceso y cuyas aguas gozaban de especial renombre por puras y abundantes. Luego la fuente fue cerrada al público, lo que motivó protestas por parte de los habituados a ir a ella a merendar, los domingos por la tarde» (4).
Las protestas estaban destinadas al fracaso, pero no fue necesario mantener la prohibición. La expansión urbana de la zona ocultó los torrentes, las minas de agua y las fuentes, así como los abrevaderos para los animales, de los que también hablamos en un artículo publicado el día del patrón de los animales y los arrieros (véase: San Antonio).
En poco tiempo, aquel mundo de ruinas, campos y fuentes desapareció. Joan Maragall, gran amigo de Gaudí, todavía llegó a conocerlo y, en uno de sus poemas, dijo:
A la hora en que el sol se pone,
bebiendo al chorro de la fuente,
he saboreado los secretos
de la tierra misteriosa.
Notas
(1) Vall i Comaposada, Josep M. (2014), Bellesguard. De la residencia de Martí el Humano a la torre Gaudí, Duxelem Editorial, pp. 80-87.
(2) Ibíd., p. 82.
(3) Ibíd., pp. 87-93.
(4) Riutort, J. M. (1946), Historia y leyenda de las fuentes urbanas y campestres de Barcelona, Librería Milà, Barcelona, p. 57. El autor también habla de otra fuente cercana a la de Bellesguard:
«Fuente de Bethlem. En el establecimiento destinado a enfermos mentales del Hospital de la Santa Cruz, llamado “Bethlem”, situado a diez minutos de Bell Esguart (forma antigua de escribir el nombre), a mitad de la montaña del Tibidabo, se encontraba una abundante fuente, de agua exquisita, que gozaba de gran renombre, a pesar de no ser pública.
No obstante, al pertenecer a un manicomio, dicha fuente hizo que el pueblo atribuyese más tarde a aquellas aguas propiedades nada halagüeñas. Y así era corriente decir a aquel que por su conducta no pareciese del todo cuerdo: “aquest ha begut aigua de la font de Bethlem”.»



