julio 31, 2026

Por: Ferran Garcés

El término castellano “desván” define perfectamente el sentido habitual de esta parte no habitable de la casa. Proviene del latín vanus (“vacío, hueco”). Como tal, designa el espacio situado bajo el tejado. Sinónimo de “desván” es “trastero”, que, de nuevo, procede del latín transtrum (banco o mueble) y que, con el tiempo, ha acabado designando los muebles viejos o cualquier otro objeto sin uso. Dicho de otro modo, un espacio sin otra utilidad que acumular cosas inútiles.

Golfes, la palabra catalana para este paradójico espacio, se presta a confusión. Por un lado, recuerda al término que designa la entrada del mar en la tierra, procedente del griego kólpos (“seno”), y, por otro lado, hace pensar en una persona deshonesta, del latín golfín (“bandido”). En realidad, no tiene nada que ver con ninguna de ellas. “Las golfes arquitectónicas” tienen su origen en el término árabe al-ġurfa (“la habitación de arriba”).

Sea cual sea la palabra elegida, o cualquiera de sus sinónimos, esta zona bajo el tejado rara vez recibe un tratamiento especial por parte de la mayoría de los arquitectos. En cambio, las buhardillas de Gaudí son famosas. Él mismo las dignificó con una frase célebre: «Los edificios deben tener una doble cubierta, igual que las personas tienen sombrero y sombrilla». Como solemos decir en las visitas, soluciones gaudinianas: estética y practicidad. Aunque, en Torre Bellesguard, en lugar de sombrero también podemos hablar de fosas nasales y, en lugar de sombrilla, de ojos. ¡Las fosas nasales y los ojos de un dragón!

 

Sombrero y sombrilla, fosas nasales y ojos…

Según Josep Maria Val i Comaposada, hablando de las buhardillas de Torre Bellesguard, «El concepto gaudiniano de arquitectura total se pone aún más de manifiesto en este espacio, una modesta dependencia de servicio, donde se cuida hasta el más mínimo detalle para conseguir un impacto estético y simbólico» (1).

En primer lugar, Gaudí diseñó el desván inferior, el “sombrero”, como un espacio polivalente que recuerda el salón del homenaje de un castillo, y las buhardillas superiores, la “sombrilla”, como un espacio también polivalente donde el servicio podía tender la ropa, mediante unos ventanucos que facilitan la entrada de luz natural y la renovación constante del aire. Una funcionalidad que, por cierto, repetiría más adelante en la Casa Milà, o Pedrera (2).

En segundo lugar, estas “golfes” sorprenden por su original forma medieval, la inferior y de pirámide, la superior, pero maravillan todavía más cuando nos damos cuenta de que los ventanucos de ambas se combinan de tal manera que forman las fosas nasales y los ojos de un dragón, visibles únicamente desde el exterior, al final del camino de ronda del castillo.

Notas

(1) Val Comaposada, Josep María (2014), Bellesguard. De la residencia de Martí l’Humà a la Torre de Gaudí, Duxelm, Barcelona, p. 123.

(2) Redacción (14/06/2018), «La modernidad de un castillo medieval», web La Pedrera.